Radicular

Por Cecilia Vicuña y Josefina Hepp

“Solo nuestra cultura niega la relación espíritu-tierra-semilla. De ahí la destrucción, la muerte de las especies y la desaparición del agua dulce. (La arrogancia es dejar de rogar y el ruego es el riego)”

 

*Cecilia Vicuña Josefina Hepp

Estaba en el jardín de mi tía María Isabel Livingston en el Cerro Castillo cuando vi caer una semilla. La vi en cámara lenta, cayendo a tierra. La recogí y contemplé su universo, sentí la presencia de los árboles futuros que contenía y caí a sus pies. Comprendí su infinita belleza y deseé ayudar-la a brotar. Recogí muchas semillas y comencé mi primer almácigo. Ella me llevó a su mundo, me semilló. Sembró en mí el amor por su ser. Escribí: “Vulva geometrizada /toda semilla es una nave espacial”.

La aparición de las semillas significó un paso gigante en la evolución de los vegetales. Les otorgaron la capacidad de resistir condiciones ambientales extremas por largos períodos de tiempo para eventualmente dar paso a las plántulas -que es el estado en que las plantas son más vulnerables- en el momento y en el lugar precisos, o sea, en el momento y en el lugar en que la nueva planta tiene mayor oportunidad de éxito de establecimiento. Y por supuesto, de seguir perpetuando la especie. 

En términos botánicos, una semilla generalmente consiste de un embrión; un tejido nutritivo almacenado para éste y una cobertura llamada testa que puede ser muy ornamentada y que protege todo lo que está en el interior. Como una caja fuerte, la semilla contiene la información genética de la especie y solo puede ser abierta con la combinación correcta de factores; agua, luz, oxígeno, temperatura, y otros, incluso tiempo. Yo estudio qué combinación de factores permiten que una semilla finalmente germine. Y estudiar su geminación, a la escala que es propia de ellas, sirve para entender que ciertas formas naturales y sus funciones proporcionan una belleza que nos está destinada a ningún observador.

 En 1971 le propuse a Salvador Allende celebrar un día de la semilla: recoger y plantar semillas. ¡Convertir terrazas y techos en jardines, plazas y parques en bosques y chacras, las ciudades y campos en un vergel! Allende se rió y dijo pensativo: “quizás para el año dos mil.” Aunque no se hizo colectivamente, por mi cuenta yo seguí recogiendo semillas y haciendo almácigos diminutos. Cuando los árboles alcanzaban varios centímetros los regalaba.

Años después me encontré en Perú, en el espacio sagrado del templo agrícola de Moray, una estación de experimentación científica inka construida en terrazas concéntricas, donde cada nivel creaba un microclima distinto para investigar un nicho ecológico especial para un cultivo o variedad genética adaptada a ese lugar. Templo, escultura, ciencia y agricultura, todo en uno, pensé, ¡un poema espacial realizado en la tierra y con la tierra! Profundamente conmovida por esa obra y el pensar poético andino, escribí mi libro La Wik’uña: “chacra ritual/aguas que rezan con solo bajar”. En el sur andino el paisaje entero es una obra, una cooperación con la tierra realizada en la escala magna del espacio americano. “Elevada espiritualización de lo agrícola” dijo Jaime Concha de la obra de Gabriela Mistral, y esa percepción de lo agrícola como el lugar sagrado de la alianza corre en todas las culturas antiguas de la tierra.

En Chile, las semillas de especies nativas no han sido muy estudiadas. Por supuesto, las de las hortalizas, cereales y frutales sí, porque el mercado de las semillas en Chile y en todas partes del mundo es importante en términos económicos. Solo nuestra cultura niega la relación espíritu-tierra-semilla. De ahí la destrucción, la muerte de las especies y la desaparición del agua dulce. (La arrogancia es dejar de rogar y el ruego es el riego). El deseo de controlar y alterar las semillas implantando transgénicos cuyas consecuencias no podemos prever, destruye la biodiversidad de la tierra. Pero esas semillas, diferentes de las semillas de especies nativas, han sido domesticadas y la selección artificial ha procurado que tengan menos problemas para germinar. También son capaces de percibir los cambios ambientales de su ambiente, aunque en su caso, si las condiciones son favorables, todas las semillas germinarán. Las semillas de especies nativas, en cambio, conservan este rasgo “primitivo” de extremo cuidado.

Me interesan especialmente las plantas que viven en el desierto. Las condiciones extremas e impredecibles que hay ahí  han hecho que la sintonía de las semillas con el ambiente sea perfecta: una vez que asoma la radícula (futura raíz), no hay vuelta atrás: el proceso es irreversible, y si las condiciones no son favorables, la nueva planta morirá antes de poder producir la siguiente generación de semillas. Incluso si hay condiciones óptimas para la germinación, muchas semillas no germinarán: en ese caso se dice que están dormantes. En ambientes desérticos eso es normal y lógico: una planta no va a apostar todas sus cartas a un sólo momento en que cayó agua.

Muchas de las especies de plantas en Chile son endémicas, o sea, que no se encuentran creciendo naturalmente en ningún otro país. De las aproximadamente 5.500 especies nativas chilenas, alrededor de la mitad sólo son de acá. Así se entiende la urgencia de estudiarlas y protegerlas. Una iniciativa interesante es la conservación de semillas en bancos de semillas donde se les mantiene en condiciones adecuadas de humedad y temperatura. Sin embargo, lo ideal sería recuperar los espacios naturales e intentar que las poblaciones de plantas continúen desarrollándose ahí, pero si esos espacios de pronto ya no son favorables para las especies, y si alrededor tampoco se encuentran otros lugares que las puedan sustentar, entonces hay que desarrollar otras estrategias como el cultivo en parques y jardines, el guardado de semillas o la conservación de germoplasma en estos bancos.

En el año 2000, sintiendo la agonía de las especies propuse revivir mi proyecto de las semillas. Recogí semillas nativas en los tres valles que habité desde niña, el Mapocho, el Tinguirica y el Aconcagua. Tejí un quipu de semillas en la Galería Gabriela Mistral de Santiago, por unos días la fragancia del bosque chileno impregnó el lugar. Pero no hubo un acto colectivo de amor a las semillas, por eso lo llamé “Semiya“, aún no estamos listos para amar la semilla.

Ahora, 15 años después, el proyecto renace en Aarhus, Dinamarca, esta vez, oponiéndose a la invención de la semilla transgénica que “expresa” el pesticida en todas las partes de la planta, matando a los polinizadores que la tocan y destruyendo la relación flor-polinizador de la que depende la vida.

La agricultura tóxica está cultivando la muerte, no la vida, cultivando quizás nuestra propia extinción. Nos falta comprender el peligro y rescatar el sentido de la cultura antigua de América, la belleza del intercambio, el equilibrio del dar y el recibir. El sueño aún es volver al paraíso del templo, escultura, ciencia y agricultura, todo en uno. “Poesía, agua y tierra”, como dijo mi hermano, Ricardo Vicuña.

 

*Este texto nace de la invitación que Revista Porvenir hace a Josefina Hepp y Cecilia Vicuña a propósito del trabajo de ambas, su cercanía a las semillas y de la exposición Dump! Multispecies Making and Unmaking que se realizó entre el 27 de junio y el 20 de septiembre 2015 en el Kusthal Aarhus en Copenhagen, Dinamarca. Para la exhibición, Cecilia Vicuña creó una nueva versión de la exposición SEMIYA, la cual se realizó originalmente en la Galería Gabriela Mistral el año 2000.

*Imagen de portada: Cecilia Vicuña. Semiya (2015). En exposición Dump! Multispecies Makind and Unmaking,Kunsthal Aarhus, Dinamarca.