Sobre el lugar que habito

Por Adolfo Martínez Abarca

“Ralentizar la temporalidad de los acontecimientos es una característica del relato; se rebobina y avanza hasta encontrar el punto exacto del gusto, describiendo una casi infinita lista de detalles y características del perro y la liebre, observaciones que por defecto tienden hacia lo épico o lo sublime”

“Si me ves por allá, me traes de vuelta”

                               Beto Arrieta

Escuchar conversaciones y discusiones en “El Aterrizaje” -nombre del bar-almacén que oficia como punto de encuentro en un pueblo llamado Estación Colina* ubicado en las afueras de Santiago-, me traslada a un espacio suburbano cruzado por dos tiempos simultáneos: uno, que enuncia lo que va quedando del pulso rural, y el otro, dado por la velocidad avasalladora de la ciudad y su desafecto.

Hoy, este lugar es mezcla de muros graffiteados, carretas, caballos, una abandonada estación de tren; diversos estilos de música que son la banda sonora permanente del lugar (romántica, cumbia, mexicana, y reggaetón… en cuanto al folclor, sólo en septiembre).

También se ven autos enchulados o de lujo, maquinaria en desuso, parcelas de agrado, circos, villas, las chiquillas y travestis de la Quinta el Parrón invitando a pasar, sembradíos, alfalfales o vacas pastando en medio de fábricas, que son las que han ido ocupando el terreno de producción agrícola y ganadero de lo que fuera parte del campo del Valle Central, abastecedor directo de mercados como la Vega, Lo Valledor y un sinnúmero de ferias libres.

Las conversaciones recurrentes en “El Aterrizaje” giran casi siempre en torno a temas de vida y muerte. Las predilectas, dependiendo de la época del año, son acerca del perro galgo más hábil en la cacería de la liebre (que, dicho sea de paso, no es la caza en sí lo que importa, sino la carrera entre el perro y la liebre). Al respecto, he podido deducir que existe mayor admiración por la astucia de la liebre en zafar y sobrevivir, que por el perro y su cometido.

El tiempo real de una persecución galgo/liebre es de algunos minutos, sin embargo, los relatos pueden durar horas o extenderse a lo largo de meses. Ralentizar la temporalidad de los acontecimientos es una característica del relato; se rebobina y avanza hasta encontrar el punto exacto del gusto, describiendo una casi infinita lista de detalles y características del perro y la liebre, observaciones que por defecto tienden hacia lo épico o lo sublime.

Se habla también acerca del gallo con más peleas y menos plumas, además de la llamada ciencia de la cruza, que incrementa -según algunos- la posibilidad de que salgan gallos bravos y resistentes, al igual que potros, yeguas, vacunos o árboles frutales con similares virtudes.

Cosa aparte es la elección del mejor plantador de la zona y temporada. Son innumerables las historias relatadas bajo esta motivación, muchas de ellas inverosímiles, pero bellamente depuradas en cuanto relato oral y declamación.

En “El Aterrizaje” generalmente se arma un ruedo entre los parroquianos de siempre, la mayoría de ellos chacareros -quienes ya son una minoría en el pueblo- : El primo Carlos, Daniel, Pato, “Gaelo”, “Tío pelao”, Marcelo, Miguel, “Turra”, Juan, “Pozo negro”, Beltrán, Betancourt, Orlando, Waldo, Beto Arrieta, “Cojo Mario”, “Ojito”, “el perro de palo” y “el chico Guajardo”. La discusión nunca es menor: se trata de poner en valor el trabajo del otro, antigua costumbre poco reconocida el día de hoy.

Se discute sobre a quién se le dan los ajos, cebollines y cebollas más bonitas después de meses de espera y a la hora de cosechar. Si bien un cultivo depende de muchos factores, se cree que la responsabilidad recae en gran medida en la buena mano y carácter del sembrador: se analiza la velocidad con la cual planta y de los surcos que produce por día, el arco que se tiene que formar entre el dedo índice y medio apuntalados por el pulgar sosteniendo el diente… y de qué manera “el guantón” o “sepulturero”, al momento de sembrar, cubre el diente con tierra, todas acciones ejecutadas en un segundo. “Hay que ir tostando y moliendo, todo es parte de lo mismo” -reza el dicho-. El ángulo en que entra la semilla en el surco es clave: enterrar el núcleo ni muy afuera ni muy adentro, “Así le crea usted la necesidad al brote de salir a tomar aire…ahí se da el milagro de despertando a Lázaro”-cuentan-.

Otro punto en disputa es sobre cuál arador dibuja los surcos con mayor gracia. Ver los surcos trazados con dedicación ayuda a entender y querer el lugar. El arador es aquel que lee las asperezas y desniveles del terreno, con el objetivo de que el agua pueda recorrer de mejor forma los surcos, aunque siempre hay sectores donde el agua no da de beber al grano. La tarea de arar y regar consiste en un ejercicio táctico de observación, ponerse en el lugar del agua, “ser agua”- dicen – es saber cómo ésta se comporta en busca de su cause, guiada por la fuerza de gravedad. A simple vista los terrenos se ven parejos. En ese sentido, la observación del labriego es decisiva: descubre pendientes donde sólo podríamos ver pasto, animales y matorrales. Sea con pingo o tractor, el arado va trazando y enterrándose en aquello que está bajo la piel del campo: deja arriba lo que estaba abajo. “El arado dispone la mesa para que otros coman” -comenta Juan López- “luego aparecen lombrices y muchos pájaros”.

Un día, los chacareros comentaban sobre cómo un “tractorero” hizo que todo el paño de surcos girara alrededor de un espino que se encontraba en medio de un descampado. Al parecer, técnicamente eso es muy difícil de hacer, además de poco práctico a la hora de regar y cosechar, por eso nadie lo había hecho antes. Pero la opinión era unánime y se veía en los rostros de los parroquianos la felicidad al comentar la astucia del arador. Les parecía emocionante plantar y cosechar de mañana y tarde sobre esa trama, sombrear bajo el espino, ver los primeros brotes orbitando en rededor, cuando el sol pegaba fuerte o cuando sólo dan ganas de contemplar.

En una ocasión, apoyado sobre la barra de “El Aterrizaje”, se encontraba un hombre viejo que nunca había visto antes, tenía la piel algo quemada que contrastaba notoriamente con su camisa y pelo blanco. Lo llamaban “El viejo negro de Batuco”. Se veía preocupado. Oí que le decía a su compañero de toma que pasaría algo terrible para todos. Después de un rato lo invitaron a sentarse a nuestra mesa. Le pregunté qué hacía, y respondió con tono bajo y áspero: “riego el campo”. Luego de un momento se relajó y contó lo que le afligía. “El viejo negro de Batuco” contaba que regaba campos desde los siete años y que ya peinaba setenta y cinco. Gran parte de sus tareas las hacía de noche y consideraban mayormente observar la luna. En eso, replicó: “¿Usté ha trabajao’ con el sol y la luna?”. Después de esa pregunta me sentí totalmente intimidado por el tono y seguridad con que lo decía, y entendí que era portador de un conocimiento inusual.

En aquella ocasión “El viejo negro de Batuco” contó que había notado desde hace unos meses que el clima había cambiado, que el aire estaba tibio y que de pronto en medio de la noche y en silencio, mientras regaba, no había ruido alguno, ni de queltehues, ni de grillos, ni de perros, los que acostumbraba a oír y “aguaitar” con frecuencia. Había notado que la “luna venía vuelta” decía, que no estaba en su lugar; le dije que eso era imposible, que la luna siempre recorre la misma ruta y se ubica en el mismo punto. Me respondió que sí, pero que “a veces se cae”; “nunca hay una vuelta igual a otra”, -señalaba, refiriéndose a su rotación-.

Me comentó que trabajaba con el sol, pero sobre todo, con los ciclos de la luna; que ésta sea nueva, creciente, menguante o llena determina que el agua fluya más o menos, y de eso depende el alcance del riego, permitiendo regar de mejor forma los potreros y sembradíos con agua liviana o densa.

El asunto era su preocupación. En un momento de pausa y de silencio en el lugar -me percaté que las otras mesas estaban también atentas a la conversación- el viejo negro concluyó: “es probable que haya un terremoto” me dijo, “así que guárdese luego”. Pocas horas más tarde sobrevino el terremoto de dos mil diez.

 

*Originalmente, Estación Colina perteneció como fundo a la familia Errázuriz; para evitar ser expropiados de territorios de mayor producción y valor, cedieron los terrenos no productivos al campesinado local que suscribió a la reforma agraria (1962- 1973), de los cuales mis padres fueron beneficiados y que hasta el día de hoy conservan y trabajan con dedicación.

*Imagen portada: De la serie de los ensayos “La extracción de la piedra de la locura”. Registros realizados entre los años 2012, 2013, 2014 y 2015.