Evocación de los viajes

Por Natalia Babarovic

“No tengo un interés específico en las cosas que describo en este texto; ni por los trabajo del campo o la agricultura, ni por las especies vegetativas nativas. Las visiones pictoricistas son de rigor y están hechas más bien con un interés literario”

Una acequia verde que corre de Norte a Sur, humo negro, tierra labrada, pastizales de caballos, pastizales, tierra negra, un potrero largo con paja recién cortada, una hilera de postes de teléfono, una mujer en una escalera podando un parronal, vacas, cercas, arbustos, una bahía, casas, arcos de fútbol, un baño en el patio, un cerro quemado, rocas blancas pulidas, dos nubes, paltos, senderos llenos de zarzas, campesinos que se empinan desde los zurcos, espinos, árboles viejos, tinieblas, poblaciones, campo de maíz, nogales, pedregal, el crepúsculo, espinos, un gallo negro, una fábrica echando humo, la línea del tren, un pueblo, jinetes, valle, cerros verdes, postes, gorriones en bandada, dos tractores amarillos, el mar, una empalizada, arena y espinos, la espuma del mar, la Cruz del Sur, un silo, la línea del tren.

Entre 1992 y 1994 trabajé con Voluspa Jarpa para el mural de la Estación de Rancagua. En esa época tuve que hacer frecuentes viajes en metrotren a esa ciudad para resolver asuntos burocráticos en la municipalidad. El viaje dura más o menos una hora y quince minutos. A lo largo de esos dos años viajamos a Rancagua por lo menos una vez por semana, a distintas horas del día; a veces temprano en la mañana, o, de vuelta, a la hora del crepúsculo, ocasiones que llegábamos a Santiago de noche cerrada. Siempre llevaba un libro que no leía y muchas veces me quedaba dormida; pero en algunos de esos viajes me dediqué a anotar en un cuaderno las cosas que veía por la ventana. La enumeración, arriba en itálicas, que antecede este texto, es una elaboración de esas anotaciones de viaje. Me parece que la enumeración, como mecanismo de relato, en este caso es adecuada y no llega a ser intimista, porque corresponde a una relación impersonal con el paisaje.

Podría decir que aprendí el paisaje del camino de Rancagua junto a la línea del tren, casi de memoria. Me resulta fácil describir ese paisaje y creo que el ejercicio de hacerlo tiene una relación directa con mi pintura. Pienso que la experiencia de observar el paisaje desde un vehículo en movimiento y recordarlo, es una de las pocas claves que puedo dar respecto a mi trabajo. Aunque tomamos muchas fotografías durantes esos viajes, puedo decir que mi referente en pintura no es fotográfico. Conservo algunas de esas fotografías que no fueron usadas en el mural de Rancagua. Recuerdo que intenté varias veces fotografiar una especie de “cuadro rural” que consistía en una acequia, un álamo añoso y deshojado y una cabañita. Fue dificilísimo obturar a tiempo para registrar ese fragmento minúsculo, porque el tren iba demasiado rápido y yo siembre esperaba más de la cuenta, suponiendo que tendría un mejor encuadre al segundo siguiente. Me quejaba también, porque nunca podía leer el nombre del muerto que debe estar aún escrito en una animita junto a una empalizada en la estación de Nos. También me acuerdo de una casita y su patio que está al otro lado del río Maipo, si uno sale de Santiago hacia el Sur. La casa está casi cayéndose al río, justo bajo la línea del tren. Tiene un parrón y creo que tiene también unos panales de abejas; fue ahí donde vi a la mujer podando el parronal. En toda esa parte, al lado de la línea del tren, hay misérrimas poblaciones. Más al Sur corren riachuelos entre pequeños islotes donde crecen sauces. A veces se ven las garzas blancas que también abundan en la pasada del Maipo. Recuerdo que saliendo de Nos –no estoy segura si no es realmente Linderos- hay una enorme mansión que uno puede ver furtivamente entre las ramas de los árboles del parque.

En una parte del camino se pasa por un potrero usualmente sembrado de maíz. En el mismo maizal hay plantadas decenas de nogales viejos y sus follajes se camuflan con el cerro pardo del fondo que está casi encima. En invierno queman la maleza de los campos, que quedan secos y manchados de carbón y cenizas. También se pueden ver los atados de alfalfa o paja de trigo cuando ya han cosechado y los potreros con los restos de paja desordenada. Cuando la verdura está creciendo se ve entremedio la tierra casi violeta en contraste con el verde; cuando la tierra está en barbecho se ve negruzca y húmeda.

A veces pasa muy cerca del tren una bandada de gorriones en dirección contraria. También se ven otros pájaros en los potreros: toldos y queltehues, sin contar las garzas ya mencionadas, ni la famosa loica parada en los alambres.

En Angostura de Paine, junto a la línea del tren, en un potrero alargado, hay postes de teléfono o de luz abandonados, que muestran el descuadre de sus tres crucelas. Una vez pude contar al vuelo cinco nidos, cada uno en su respectivo poste. Estaban siempre en el ángulo superior derecho, formado por el segundo travesaño. Yendo hacia Rancagua, del lado izquierdo, en algún punto del camino hay una casita celeste ruinosa que tiene las puertas y ventanas tapiadas con latas oxidadas.

Justo antes de cruzar el río Maipo hay una extensa plantación de árboles frutales que creo son duraznos y naranjos. Pude observar que en estas plantaciones, los árboles crecen dividiéndose siempre en el mismo número de ramas a partir del tronco, y éstas crecen siempre en las mismas direcciones, probablemente, dependiendo del sol y del viento. Este tramo del camino parece cruzar la tierra más rica del valle central. Está plagado de grandes galpones nuevos de colores vistosos, que no son fábricas, sino packing. Incluso he visto uno que tiene un gran casino con vista a un jardín de rosas y colas de zorro, siempre lleno de gente.

En las estaciones de tren hay una especie de torre con una caseta para el guardavías. En los alrededores, siempre alguien ha construido una casa, pegada a la línea del tren, con jardines frondosos de suspiros, plantas de zapallos y cardenales. Las cercas de esos jardines suelen estar hechas de viejos durmientes. Al llegar a Rancagua se pueden ver las dos torres de la compañía de agua, la vieja pintada de blanco y azul y la nueva, todavía cubierta por andamios que la asemejan a una obra renacentista. En relación con el paisaje, el campo chileno se puede dividir en tres partes. La de los cerros áridos que siempre se ven al fondo, generalmente cubiertos de arbustos –boldos, litres, espinos, quillayes, zarzamora– o aquellos quemados, en los que también crecen esas flores típicas; la flor del minero, hinojos, corraelas, cardos y dedales de oro. Otra es la parte productiva –supongo- donde se ven potreros y corrales, donde también están las estaciones de tren, los pueblos y las ciudades. Pero todo el verdor de esta zona se caracteriza por el verde de la verdura: choclos, tomates, alfalfa, a veces árboles frutales, papas; también, el colorido de las plantaciones de maravilla y de flores de adorno, como gladiolos y alhelíes. Este colorido siempre tiene algo aplastante y estridente, como todo lo nuevo y lo útil. Más que un lugar ameno, ese verde y esa fertilidad de las plantaciones trae a la conciencia el arduo trabajo del campo. La otra parte paisajística que puede distinguirse es aquella que bordea y que forma los parques de las casas patronales. A veces, las casas ya no están ahí. En los lugares se distinguen y se reconocen desde lejos por las siluetas de los grandes árboles añosos, encinas, araucarias, palmas, cedros, ombúes, tilos, robles. Se desmarcan completamente del resto porque son las únicas que tienen una pátina artística, trasplantada, un dibujo que se puede adivinar por debajo del polvo que en verano lo cubre todo sin hacer distinciones.

Generalmente, partíamos de Santiago muy temprano.

En la mañana todo el lado izquierdo del camino está inundado por una luz tamizada y fría, y todo es más o menos gris. En esta grisalla fría y húmeda, vibran el verde del pasto de los baldíos y veredas del camino y el rojo de casas, autos, ropa y avisos publicitarios. En ese lado izquierdo se ve, cerca de la maestranza de San Bernardo, un cementerio de buses, fábricas, unos galpones de propiedad del Ejército pintados de camuflaje. Se ve después de pasar el Cementerio Metropolitano, un gran baldío con canchas de fútbol y los extramuros de una población. Esa parte del camino, por alguna razón, me ha parecido siempre la más aburrida, porque es exactamente como un bloqueo, como la parte de atrás de todas las cosas. El otro lado del camino, comienza en Santiago con una interminable hilera de trenes viejos semidesmantelados. Ante ese tipo de decadencia, siempre surgen exclamaciones ponderando la belleza del fierro oxidado o inventando y evocando el pasado útil de los trenes. Más allá, algunas líneas se desvían hacia el poniente sobre estructuras de acero, entrando al fondo en especies de garages ferroviarios o zonas de carga. Aparecen los gigantes gasómetros pintados a cuadros rojos y blancos, junto a una imbricada fábrica llena de tuberías. Las chimeneas despiden vapores seguramente tóxicos, negros, y una pesada columna de humo blanco que casi no logra elevarse. Estos objetos, así como el campo y las casuchas están iluminados por el sol de la mañana, frontal y parejamente. Pero ese sol no es despiadado y no quema los verdes nuevos ni los colores brillantes de los letreros ni de las casas.

En la tarde, de vuelta a Santiago, el sol mantiene en penumbra el lado izquierdo del camino. Exagerando, podría decirse que en esta situación lumínica todo se ve como siluetas negras dibujadas por un aura de luz. El cielo, por su puesto, del color del fuego que recorta las lomas de la Cordillera de la Costa. Contra ese mismo cielo rojo, la arborescencia de los parques de las casas de fundo se transforma en una silueta negra perfectamente heráldica. Todo proyecta sombras largas en dirección al tren, que actúa como línea divisora absoluta de dos claroscuros. Del lado de la Cordillera de los Andes, a veces, se ve el crepúsculo reflejado en las ventanas de las casas, titilando, como alguien que hiciera señales con un espejo desde los cerros. La luz del ocaso es siempre rojiza, parecida al fuego del color cinabrio. En otoño, cuando los parrones no han sido podados todavía, tienen las hojas amarillas y doradas y en conjunto, todo tiene una reverberancia entre violeta y el color rojizo del crepúsculo. La sombra del tren se proyecta sobre los matorrales y empalizadas que están más cerca de la vía y así se ve interrumpidamente una pantalla oscura en el primer plano contra el resto del paisaje iluminado.

Es notable también la entrada de la Angostura de Paine, donde las cadenas de los cerros de los Andes y de la Cordillera de la Costa se aproximan la una a la otra. Desde el tren se ven las laderas de los cerros enfrente de la ventanilla y los matorrales y sus sombras, como una pintura de Cezanne-Van Gogh, sin cielo. Para construir la vía férrea se han excavado las laderas de los cerros y en esas partes se pueden ver paredes de tierra arcillosa o caliza. También hay algunas canteras a las orillas del camino. En esta parte, los paisajes y los paredones cortados de los cerros se alternan intempestivamente.

En este viaje se ven cosas como colegios y plazas. Al llegar a la estación de Graneros hay una extensión de tierra pelada y dura donde a veces se pone un circo, ahí hay un gran tanque de gas botado y un quiosco. Si uno pasa por ahí de noche, se puede ver ese mismo quiosco con un tubo fluorescente encendido adentro. Las luces de los pueblos comienzan a encenderse cuando todavía no es de noche. En esos momentos se puede comprobar la debilidad de la luz eléctrica en comparación con la de sol que también agoniza. Pasado Graneros está la fábrica de Nestlé. En los pueblos se pueden ver los callejones de tierra, perpendiculares a la línea del tren, todos un poco combados y con árboles, muchos como moreras. En la estación de San Francisco de Mostazal hay una especie de patio techado que forma parte de la construcción amarilla de la estación, en la que hay una mesa de pimpón. La llegada a Rancagua se advierte por la aparición de numerosos bloques de edificios, todos iguales, miserablemente pequeños y chatos, como formando barrios. Esto último, del lado izquierdo; del derecho, puede verse un complejo deportivo con un parque y canchas de tenis. Llegando a la estación con su estructura de concreto armado hay una calle que se aleja hacia el poniente y que conduce a Doñihue. Del otro lado, inmediatamente antes de la estación, hay una feria de baratijas, el terminal de buses y la compañía de bomberos.

No tengo un interés específico en las cosas que describo en este texto; ni por los trabajo del campo o la agricultura, ni por las especies vegetativas nativas. Las visiones pictoricistas son de rigor y están hechas más bien con un interés literario. Sin embargo, me produce una cierta emoción el poder nombrar cada cosa, cada árbol, dar nombres tentativos a las máquinas y fenómenos atmosféricos que desconozco. Se sabe que tanto el nombre como la representación de las cosas no pueden contener la existencia efímera y concreta de ellas. Siempre tengo presente el capítulo sobre la forma Memorabile de Jolles. Memorabile son aquellos motivos en los que los hechos se concretan- hechos históricos, por ejemplo, el suicidio de un gobernante: el revólver, el dibujo de la alfombra, los documentos sobre la mesa, la hora del día, lo que sucedía simultáneamente en otro lugar, el menú del almuerzo, la ropa de esa ocasión, las últimas palabras.

Por Natalia Babarovic

*Texto publicado originalmente en Taxonomías (Textos de artistas), 1995, Jemmy Button, Inc.

Imagen de portada: Natalia Babarovic, “La lección de agronomía”, óleo sobre tela, 140 x 240 cms, 2013. (La imagen original es a color, ver en revista papel digital).