Propiedad y tierra: el plano simbólico de la reforma agraria en Chile

Por Francisco Villarroel

“En este caso, el artista aborda la resignificación del espacio expositivo por medio de distintas estrategias e interacción de soportes, todos ellos girando a una máxima subyacente: el movimiento del suelo en Chile es, de un modo u otro, un constante movimiento telúrico”

¿Es justa la propiedad? Todo el mundo responde sin vacilación: “Sí, la propiedad es justa”. Digo todo el mundo, porque hasta el presente creo que nadie ha respondido con pleno convencimiento: “No”.

P.J. Proudhon

El debate sobre la forma y modo de origen de la sociedad civil es de largo aliento, pero en casi todas sus versiones ha cruzado el asunto de la propiedad. Aparejada a una idea de libertad e igualdad, la idea de propiedad ha tenido que ser abordada por distintas corrientes filosóficas que, al día de hoy, han derivado en aplicaciones más bien políticas. La propiedad es, en este sentido, una encrucijada de compleja determinación, pero de indudable relevancia para la forma en la cual la humanidad se relaciona mutuamente.

Por medio de la apropiación, la personalidad encuentra un lugar, invade una cosa y deja su huella material. En esta estrecha relación, la fantasmagórica idea de un espíritu, según la teología más tradicionalista, posee a la carne mundana entregada a la naturaleza: se hace cuerpo, le es propio. La apropiación figura como una extensión que, prácticamente, no ve límite alguno; la caracterización del ánimo humano nos evidencia, a lo largo de la historia documentada, que se relato es la crónica de un hambre de posesión; poseer el mundo entero, dominar la naturaleza y dejar huella en toda esta hostilidad. En este ánimo de extensión surgen condiciones que, desde una crítica económica marxista, podríamos llamar de necesaria desigualdad, figura bajo la cual la existencia de la propiedad determina una determinación de injusticia subyacente a su existencia privativa. Y así, hayamos diversos ejemplos de las desigualdades que se miden y manifiestan por medio no de las cosas en sí, sino de la propiedad ligada a las personalidades.

En Chile, el desarrollo de este discurso filosófico hizo carne en la tradición política del s. XIX y XX, manifestada en el incremento de una preocupación sobre la así llamada “cuestión social” y sus diferentes impactos. En el paulatino crecimiento de fundos y haciendas, la conformación de la República se dio sentido por medio de modelos que consolidaron múltiples diferencias. Esta figura de apropiación colisionó, en distintas medidas, con la natural utilización del suelo para la producción meramente agrícola, constituyéndose el surgimiento de labradores[1], inquilinos[2] y peones. El nacimiento y fluctuación de estas clases sociales se vio determinado, precisamente, según el desarrollo de tipos de apropiación del suelo, lo cual se acrecentó hacia tipos de apropiación sobre el mismo trabajo: la así llamada expoliación.

Propiedad y suelo son, entonces, eslabones piramidales para comprender el ingreso del proyecto moderno de la segunda mitad del s. XX. Aquello fue tardíamente identificado como un componente estratégico de desigualdad que, en términos sencillos, determinaba el control de medios de producción claves para el desarrollo económico y agropecuario. La acumulación de propiedad sobre el suelo en un reducido grupo social fragmentó el estándar de desigualdad con el que colisionó el Chile agrícola y que, como vemos en distintas publicaciones historiográficas, se dividieron analíticamente en haciendas[3]. Ante este escenario, el gobierno de Alessandri Rodríguez dio inicio a un complejo proceso -eco de un fenómeno general latinoamericano- de re-distribución de la propiedad del suelo y que, coloquialmente, se conoció como reforma agraria.

Dando inicio en 1962, los primeras discusiones para modificar y facultar las atribuciones expropiatorias (necesarias para un rediseño propietario como el tal[4]) se hicieron eco a este diagnóstico, conocido ya desde la década del treinta[5], de la ya mencionada desigualdad. El primer gran enfoque de la reforma agraria tuvo lugar en un plan general de educación, comprendiendo que la incisión en la estructura de clases no podría superarse con la mera expropiación. Como estrategia ante la desigualdad, la reforma fue planificada con una primera etapa de lento desarrollo entre los periodos presidenciales de Alessandri Rodríguez y Frei Montalva que históricamente queda poco relevada, aunque existen distintos antecedentes que marcan este momento de impulso[6]. No fue sino hasta el inicio del gobierno de la Unidad Popular que la planificación de la reforma agraria tomó mayor velocidad.

Ya en 1966 se difunden distintas propagandas que explican la reforma[7]. Su objetivo era no sólo socializar sus principios fundantes y explicitar que “la reforma no era un regalo”[8], sino también intentan frenar el avance de críticas hacia una falta de productividad económica (en su mayoría, articuladas desde la especulación e incertidumbre generada por diferentes mensajes presidenciales de Alessandri). Al asumir la presidencia Salvador Allende, asume buena parte de esta defensa el Director del Centro de Estudios Agrarios, Jaime Gazmuri, quien incita la publicación de distintos análisis[9] caracterizados por su sencillez: poseían, en buena medida, el doble objetivo de construir un cuerpo investigativo, pero a la vez difundir sus contenidos a una clase no especializada.

En este último sentido, la reforma poseía el ya mencionado espíritu de carácter pedagógico (educar para su comprensión, pero también educar como vía de emancipación), aspecto que se vio direccionado hacia la clase trabajadora (por medio del reforzamiento en la labor de extensión sindical). La especificidad de esta dirección posee coherencia para el marco de interés político de la Unidad Popular, pero también dotó a esta nueva etapa de un desafío mayor: educar a estratos sociales con distintos grados de analfabetismo[10].

Así, la reforma agraria expropió hasta el 11 de septiembre de 1973 cerca de 4.400 predios agrícolas[11], marcando un hito estructural que modificó por completo el tradicional orden latifundista anteriormente imperante. Modificando este orden propietario, a nivel simbólico se produjo un total movimiento de tierras, movimiento que a la vez afectó el clivaje político e institucional. La reforma fue asumida como una de las principales causales de un desorden económico[12] “motivador” del golpe de Estado, huella histórica y política que marca el orden social y cultural de Chile hasta nuestros días.

Cruzar la dimensión pedagógica de la reforma con la modificación al ordenamiento jurídico pareciera confluir en una amalgama que no posee rendimiento sensitivo. Desde un punto de visto tradicional o conservador, un trauma político como este podría no tener ningún interés para el ámbito de la mera representación artística. No obstante, el carácter propagandista, pedagógico y reformista de esta re-estructuración propietaria no escapa de un potencial análisis estético, dado su evidente impacto cultural; desde aquella marca cultural, la producción de obra adquiere no sólo probabilidad, sino necesidad.

Este es el principal interés de la exhibición en la Sala Vespucio del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) “Reforma agraria” (2011), creada por el artista chileno Mario Soro (1957). Formado como grabador en la Pontificia Universidad Católica de Chile (estudios que no estuvieron exentos de conflictos y desobediencias debidas), Soro elaboró una extensa investigación recopilatoria de los hitos relevantes de la reforma agraria, conectando este interés con las metodologías de producción que su obra había desarrollado en el último tiempo -como es el caso de intervenciones tales como “Sagrada familia”-. En este caso, el artista aborda la resignificación del espacio expositivo por medio de distintas estrategias e interacción de soportes, todos ellos girando a una máxima subyacente: el movimiento del suelo en Chile es, de un modo u otro, un constante movimiento telúrico.

Soro articula su lenguaje recurriendo a una iconografía de la época o, más bien, del plan político de la misma. El carácter pedagógico se entrecruza con la enseñanza tradicional de las bellas artes; la perspectiva, el estudio de la forma, la observación del maestro, los bastidores dispuestos en orden. Recurriendo a lo anterior, el autor dispone de una superposición de estos referentes (situados en el fondo de la sala, construyendo una suerte de línea del horizonte) con una proyección de video documental sobre la reforma agraria. En el material visual, destaca inmediatamente no sólo el contenido o impronta de la imagen, sino lo que debiese ser un mero telón de fondo; el flujo de imágenes se encuentra grabado sobre una matriz cuadriculada, idéntica a una simple hoja de un cuaderno estilo estudiantil. Las imágenes se muestran incoloras, en un gesto de reminiscencia de las incipientes producciones audiovisuales de la época, y opera como un registro de una cotidianidad agrícola y sindical. La proyección, en este formato, no sólo se proyecta sobre la ocupación espacial de esta clase de pintura ortodoxa, sino que la ocupa como soporte discursivo: el registro se imprime “en” la misma lección pictórica, sirviéndose de la misma como bastidor que adquiere movimiento y sentido histórico.

A muro, la exhibición dispone de material gráfico que sincretiza la naturaleza pedagógica de la reforma agraria en dos dimensiones: política y tecnológica. La utilización simbólica con la cual se educaba sobre los órganos internos de animales, el uso del suelo, la conciencia del cuerpo humano y la comprensión general de los procesos naturales, es superpuesta por distintos elementos impulsados por esta nueva estructuración propietaria. En este sentido, el montaje de estos elementos bidimensionales sirven, nuevamente, como soportes de grabación o impresión de distintos lenguajes o, siendo más precisos, usos de lenguaje. Bajo esta síntesis, Soro reproduce un intento de simplificar la compleja articulación jurídica de la reforma agraria, pero condensándola en un imaginario anatómico y hasta críptico. El resultado ofrece un diagnóstico que, nuevamente, nos retorna al estudio del lenguaje: estudiar la reforma agraria es un acto de disección histórica, de arqueología de un saber, de autopsia a un régimen propietario.

Resulta igualmente coincidente la distribución de estos soportes en el espacio expositivo, hecho que profundiza una constante intención de Soro por darle un uso flexible. En este sentido, unificar cada uno de los elementos es una utopía similar a la unificación del catastro que resulta un estudio de la reforma agraria, y que sólo podría ser complementado por la presencia del espectador. Este espectador se encuentra a un escenario construido de manera analítica (con diferentes elementos dispuestos casi semánticamente), pero inevitablemente se hace parte de éste desde una cierta distancia. Sea la distancia de la interpretación reflexiva de una obra o no, lo cierto es que el espectador habituado al proyecto “Museo sin muros” del Museo Nacional de Bellas Artes es un visitante desigual. Desigual, principalmente, por el efecto de una educación artística deficiente y profundamente relegada en el marco de planes pedagógicos, ya no vistos desde la situación particular de la formación de un artista, sino también de la formación de un espectador. Imágenes y discursos disueltos que un ojo no siempre puede completar; parcelas de archivos, historias y conflictos que muchos visitantes no podrán apropiarse, sino sólo distanciarse.

En este sentido más bien relacional, estética y política se cruzan en un esfuerzo por darle sentido a una forma de mediar. Soro se posiciona en este intersticio y moviliza la relación, intentando atrapar a una pieza social que, muchas veces, se forma totalmente carente de memoria. Pero en igual medida, la exhibición en cuestión gira excesivamente en torno a la idea de suelo, vista como una suerte de unidad de medida del poder y el desarrollo del plan republicano de país, pero no necesariamente sobre el gesto de apropiación del mismo. Soro concentra prácticamente la totalidad de su atención a un asunto espacial, territorial, local, más no a un asunto del uso, goce o disposición del mismo, asunto que correspondía al fundamento inicial que impulsó esta reforma. Este tipo de acercamiento (más físico que moral) es precisamente el más cercano con el que se estudia esta etapa, pero que no necesariamente restringe la posibilidad de generar una segunda capa de lectura al mismo.

Bajo esta premisa, tanto el análisis histórico de la reforma agraria como la observación crítica de la muestra retornan a la idea inicial: la propiedad privada es siempre desigual, y aquella es una tesis que no todos quisieran manifestar. Este fue, sin lugar a dudas, uno de los pilares ideológicos más claros del proyecto de la Unidad Popular, pero que no le fue exclusivo al mismo, sino que significó la depuración de una condición expoliatoria de larga data.

En el registro ideológico de la reforma, podemos concluir que su fracaso no se mide únicamente con el hecho de la así llamada contra-reforma[13], sino que se expresa en las reales posibilidades que se barajaron para reformar el régimen propietario chileno. En este profundo sentido, la reforma agraria demostró una pugna contra-hegemonía de una forma de concebir económica y política, pero evidenció la insuficiencia de sus herramientas para repensar la esencia del poseer lo común. Bajo esta posesión se encontraba una pieza primordial para un proyecto que humanizase las relaciones interpersonales, iniciativa cuyo fracaso sirvió para indicar el principal conflicto de nuestra contingencia política: la desigualdad innata a cierta forma productiva de darnos sentido.

 

*Imagen de portada: Fragmento de “Chile Avanza. Reforma Agraria”, portada, 1966.(La imagen original es a color,  ver en revista papel digital).

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[1] Sobre la formación de labradores y peones en relación a la creación de la clase trabajadora, véase: Salazar, G. “Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX” (1989). Ed. Sur Colección Estudios Históricos, 2da edición. Santiago, Chile.

[2] Sobre el surgimiento y consolidación de la clase inquilina, véase: Góngora, M. (1960) “Origen de los inquilinos de Chile central”. Ed Universidad de Chile, Seminario de Historia Colonial. Santiago, Chile.

[3] Véase Anabalon y Urzúa, I .(1922) “Chile agrícola”. Tomo preliminar. Imp. Moderna, Santiago, Chile.

[4] Ya en el ordenamiento jurídico vigente de la época se requerían potestades específicas para expropiar, generalmente por vía legal (para limitar las facultades relegadas exclusivamente al Presidente de la República). Véase el art. 10 N.º 10. Constitución Política de la República de Chile de 1925.

[5] Chaparro, L. (1932) “Colonización y Reforma Agraria. Hacia una distribución más justa de la tierra en Chile”. Impr. Nascimiento. Santiago, Chile.

[6] Al respecto, véase: Garrido, J, Guyerrero, C, Valdés, M. (1988). “Historia de la Reforma Agraria en Chile”. Ed. Universitaria. Santiago, Chile.

[7] Véase: “Chile avanza. Reforma agraria”. (1966) Impr. Servicio de prisiones.

[8] Op. Cit., p. 22.

[9] Quizá uno de los más ejemplares, cruzado con la definición del programa de gobierno de la Unidad Popular, sea: Gazmuri, J. (1971) “Gobierno Popular: Reforma Agraria”. Ed. Fondo de Educación y Extensión Sindical. Santiago, Chile.

[10]   Sobre los desafíos implicados, véase: Bengoa, J. (1988) “Educación campesina y reforma agraria en Chile”. Ed. Sur. Santiago, Chile.

[11] Cifra estimativa ofrecida por la Biblioteca Nacional de Chile, programa Memoria Chilena, Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos.

[12] Esta tesis fue una de las mayores conclusiones obtenidas por diversos intelectuales afines con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, como es el caso de Arturo Fontaine Aldunate. Véase: Fontaine, A (2001). “La tierra y el poder. Reforma agraria en Chile (1964-1973)”. Ed. Zig-Zag. Santiago, Chile.

[13] Véase la disputa expresada en la postura del Partido Socialista en la Cámara de Diputados del Congreso Nacional, en la cual ya se advertía desde 1962 que existiría una respuesta contra-reformista asociada a la modificación de facultades expropiatorias. Almeyda, G. “Reforma Agraria”. (1962). Posición del Partido Socialista frente a la contrareforma agraria del gobierno.